El día que llegué por primera vez al Salón España, en la calle Argentina núm. 26, la CDMX estaba sumergida en un completo caos vial. La marcha en conmemoración del movimiento estudiantil de 1968 ahorcaba todas las vialidades circundantes al Zócalo.
En la puerta de la vieja cantina, el menú del día anunciaba sopa de almejas, paella valenciana con cebollitas curtidas y pan salado de la casa; por quince pesos más sobre el costo normal de noventa y cinco, agregaban una cerveza o una copa de vino.
—Superior bien fría, por favor —pedí—, la que hacen en Orizaba, muy cerquita de mi tierra, el puerto jarocho.
Apenas trajo el vital líquido, Jacinto, mesero del lugar, no tardó en notar mi acento foráneo y me aconsejó que, mientras el desorden continuara afuera, evitara salir. Así que le pegué un largo sorbo a la botella, miré la barra y sonreí.
Frente a mí había una mesa llena de hombres trajeados de azul marino; dos parejas que, de tanto en tanto, se besaban; un anciano muy abrigado, tomando Anís Mico, y la rocola con sus interminables boleros. Fue hasta las notas de “Cómo se lleva un lunar” que ordené algo más fuerte para brindar por Catalina Araya, la chica del Templo Mayor, un secretito capitalino de cabello café rizado; la que, con su tatuaje de “pipiripao” en la muñeca izquierda, aquella tarde lluviosa de octubre me dijera, saliendo del museo:
—Basta de estar achacao, diviértete aunque sea un pichintún.
Y bailamos hasta el amanecer en su hostal, a espaldas de la Catedral Metropolitana.
“Al sentir tu mirada, doy espaldas al mundo, para adorar tu cara…”. Vaya momento para ponerse uno nostálgico.
Hace dos horas que despegó su vuelo hacia Chile. Le he escrito; su teléfono estará muerto casi nueve horas más. ¿Qué hacer con este sedentario jet lag emocional?
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