sábado, 5 de junio de 2021

Hotel Candilejas, Veracruz, Ver. 18 de julio 2019

We will see us again? Me dijo mientras mordía su labio inferior. Fui su amor de verano. Encuentro intenso. Capricho de una rubia californiana que hacía lo posible por entenderme.

Distrito Boca, 27 de octubre 2020

Son las seis de la mañana de un martes cualquiera y en el boulevard ella patina sobre la banqueta llevando la misma prisa que el sol por gobernar las nubes. Sus leggins color pitahaya fosfo, fosfo, le ajustan perfecto en cada centímetro epidérmico. En el cuello tiene un pequeño tatuaje en forma de trébol ¿amuleto de buena suerte? Sonrío, recuerdo que traigo puesto el KN95.

Le pregunto: -¿habrá un amanecer que le gane al brillo de tu mirada?-
Me responde: -Soy Dánae, ¿así de lanzados los jarochos?-

Al que madruga…

Las travesuras del amor, 27 de agosto 2019


Le tomé una foto, a escondidas, a Almariana la última vez que recorrí el MUNAL. Ella subía las escaleras de mármol, marcando cada paso con el golpe seco de unos zapatos verde olivo. Posaba de mil formas para su novio, que se encontraba en la planta baja haciendo ridículas peripecias, a falta de un buen ojo artista.
Yo salía de la sala donde exponían los volcanes del Dr. Atl. Mi interrupción pasó desapercibida. Afuera llovía. Tal vez algún organillero tocaba, guarecido en el lobby.

—¡Ya basta, Almariana! —gritó el fulano.

Ella siguió inmutable, mirando a la cámara; su expresión era de absoluta confianza. Coqueta, pensé. Tomé mi celular: enfoque discreto y listo.

Unas horas después, en el Café Trevi, me dijo: «Hay ocasiones en que ni yo misma me reconozco».

La chica del camión, Verano 2019

I / 6 de junio

Por lo regular toma, en la misma parada del Centro, la ruta “Boca del Río” y baja cerca de la Universidad Veracruzana, en Mocambo. No la conozco de ningún otro sitio; mi única coincidencia es que cada tarde, cuando la suerte me sonríe, cruzamos miradas antes de subir al camión, donde la observo discretamente desde algún asiento durante los quince o veinte minutos que dura el recorrido hasta su destino.

Calculo que tendrá unos treinta años. Su cabello rebasa los hombros, pero casi siempre lo lleva sujeto con una pinza; peinado que te obliga a mirar un arete prendido a su nuca, justo en el centro: raro lugar para lucir una joya. Quiero dejar mi anonimato y hablarle, pero no he logrado distinguir bien la argolla de su dedo anular… ¿casada?

II / 11 de junio

Hoy no subió en la parada habitual. Mi chica anónima detuvo el autobús dos cuadras más hacia el sur; supongo que caminó rápido, pues respira de forma agitada y unas cuantas gotas de sudor le recorren, envidiables, el cuello. No me ha visto. Se sentó en la primera fila y parece concentrarse sólo en calmar los asfixiantes cuarenta grados del ambiente.

Qué lindo sería estar con ella mirando el atardecer sobre la playa, chocar unas copas de vino blanco y conversar sobre las formas que van tomando las nubes al capricho de la luz. Mientras termino de escribir estos espejismos, llegamos a su destino. Toca el timbre y la despido con la mirada, mientras se queda de pie al borde de la salida. Vaya que esos leggings se ajustan al pecado. Abrazo mi mochila y me quedo pensando cuál será su nombre.

III / 22 de junio

Desde hace días estoy melancólico a causa de un infortunio laboral: me han modificado el horario en la oficina y salgo más temprano, situación que complica mi encuentro con la “chica del camión”. ¿Qué será de ella? ¿Pensará en esto?

Hoy he cambiado no sólo de horario, sino de ruta. Voy de casa rumbo a la universidad y se ha subido al autobús una monumental trigueña; para practicar —aclaro el punto— me he atrevido a preguntarle algo sobre su sexy tatuaje en forma de beso, casi sobre el hombro izquierdo.

Jet lag emocional, 17 de noviembre 2019

El día que llegué por primera vez al Salón España, en la calle Argentina núm. 26, la CDMX estaba sumergida en un completo caos vial. La marcha en conmemoración del movimiento estudiantil de 1968 ahorcaba todas las vialidades circundantes al Zócalo.

En la puerta de la vieja cantina, el menú del día anunciaba sopa de almejas, paella valenciana con cebollitas curtidas y pan salado de la casa; por quince pesos más sobre el costo normal de noventa y cinco, agregaban una cerveza o una copa de vino.

—Superior bien fría, por favor —pedí—, la que hacen en Orizaba, muy cerquita de mi tierra, el puerto jarocho.

Apenas trajo el vital líquido, Jacinto, mesero del lugar, no tardó en notar mi acento foráneo y me aconsejó que, mientras el desorden continuara afuera, evitara salir. Así que le pegué un largo sorbo a la botella, miré la barra y sonreí.

Frente a mí había una mesa llena de hombres trajeados de azul marino; dos parejas que, de tanto en tanto, se besaban; un anciano muy abrigado, tomando Anís Mico, y la rocola con sus interminables boleros. Fue hasta las notas de “Cómo se lleva un lunar” que ordené algo más fuerte para brindar por Catalina Araya, la chica del Templo Mayor, un secretito capitalino de cabello café rizado; la que, con su tatuaje de “pipiripao” en la muñeca izquierda, aquella tarde lluviosa de octubre me dijera, saliendo del museo:

—Basta de estar achacao, diviértete aunque sea un pichintún.

Y bailamos hasta el amanecer en su hostal, a espaldas de la Catedral Metropolitana.

“Al sentir tu mirada, doy espaldas al mundo, para adorar tu cara…”. Vaya momento para ponerse uno nostálgico.

Hace dos horas que despegó su vuelo hacia Chile. Le he escrito; su teléfono estará muerto casi nueve horas más. ¿Qué hacer con este sedentario jet lag emocional?