miércoles, 29 de marzo de 2023

Universidad Villa Rica, Boca del Río, Ver. noviembre 2009

Hablo contigo, A.

Este año llegó el otoño con vientos del norte; me acostumbro a no tenerte cerca. Una noche más transcurre desde la inexplicable despedida. De golpe veo cómo tú, mi árbol de vida, vas quedando desnuda, vulnerable, con las hojas esparcidas por el suelo; quisiera preguntarte si sabes a dónde irá todo lo que estás desprendiendo.

¿Acaso ya no soy hoja en la cálida rama de tus manos? Necesito el abrazo de tu tronco, de esas raíces tuyas con tanto soporte y comprensión para mis arranques; date cuenta de que no estoy seco para ser hoja suelta. No me conviertas en hoja libre que renuncia a ti; sígueme dando rumbo en el laberinto caótico de tu corteza. Soy tu primavera en cualquier estación del año; llevo en mis entrañas el amor que todo lo engendra y te soy necesario.

Olvida los temporales y recuerda los vendavales que resistimos; reconciliémonos… Estoy cansado de hablar de frutos marchitos, hojas amarillas y sequías en los besos. No dejes florecer retoños ajenos, porque mis hojas abrazan tu ser. Nadie, en esa tierra hostil donde te has plantado, podrá recubrirte mejor con hojas de caricias; difícilmente habrá frondosidad mayor que la mía para evitar que talen tus sueños, ni refugio más hondo para tus frutos que mi sombra.

Cúbrete: puedes descansar aquí, conmigo.

Bosque de Chapultepec, Primera Sección, julio 2021

Para P.

Andaba de parranda para curarme la dura resaca emocional que llegó en mayo. Nunca pensé que abril duraría un segundo; que los periodos de prueba de treinta días sí existen y que, inevitablemente, después de conocer el fruto se dispersan las semillas. Perdí intentando nuestra germinación. Bueno, al menos sus WhatsApp me autorizaban a tomar todo el vino a mi alcance, leer y cansarme de escuchar al español Joaquín Sabina, a quien por fin le encontré hermano.

Con una desilusión así en el cajón —“viviendo en la posada del fracaso donde no existe consuelo ni ascensor”—, esperando algún otro mensaje, chaqueta de pana al hombro, jeans y tenis Converse, viajé. Como pude, puse una pausa en esta aldea digital y prometí al destino un mes de ausencia. La infectada CDMX, los amigos, Madame Bovary, esos viejos árboles en Chapultepec, algunos carajillos y un poco de Fernando Delgadillo —“ten miedo de mayo, y ten miedo de mí”— exorcizaron el hechizo, no sin dejar guardada una mueca de futuro (luego les cuento).

Junio pasó, entonces, como una especie de sube y baja: un fuerte resfriado hasta los huesos, unos pocos kilómetros acumulados en la oxidada bicicleta roja, la búsqueda de los secretos del amor en la autobiografía de don Pablo Neruda, un aislamiento cibernético frente a cualquier publicación.

Hoy regreso al ruedo, sin costra aún, sensible, abonando al azar… Vaya buen resultado de semejante manda. Debería cerrar la computadora y seguir despejado de las fotos fitness, los sets de festejos llenos de globoflexia, la dizque comida gourmet en cenas y esas selfies tan lejanas de la realidad. Sin embargo, ser una isla aburre…

¡Tierra a la vista! Julio, sorpréndeme.

Plaza Mocambo, Boca del Río, Ver., junio del 2012

I / Caracol

Tiene una sonrisa deliciosa en las comisuras, vivaz y coqueta. Sus pechos recuerdan a los del poema Besos, de Tomás Segovia: “anchos como un paisaje escogido y con pezones de botón que abrochan el paraíso”. Lleva el cabello largo, la nariz redondeada, y el cuerpo salpicado de constelaciones en forma de lunares.

Durante 2012 comíamos juntos, tomábamos café expreso en el Sorbeto y, mientras ella fumaba, yo la observaba atento, sobre todo cuando me lanzaba preguntas. Platicamos mucho: memorias familiares, amigos en común, viajes o ropa interior (siempre usa brasieres Calvin Klein). También fueron varios los desvelos al teléfono, durante las horas de trabajo o cuando las relaciones cotidianas imperan. Nos escribíamos por WhatsApp.

Le gusta arriesgarse. Es caprichosa. Cuando era niña, se quedó todo un día sentada en el comedor, bajo la sentencia materna de no levantarse hasta terminar el guisado del día. Y ni un pie movió. Comparte sus anécdotas con franqueza. Mi corazón palpita. Enrojezco.

Un día me tomó una foto mientras me probaba un sombrero en Fábricas de Francia; semanas después confesaría que allí comencé a gustarle.

¿Quién hubiera dudado en hacerla suya?