I / Caracol
Tiene una sonrisa deliciosa en las comisuras, vivaz y coqueta. Sus pechos recuerdan a los del poema Besos, de Tomás Segovia: “anchos como un paisaje escogido y con pezones de botón que abrochan el paraíso”. Lleva el cabello largo, la nariz redondeada, y el cuerpo salpicado de constelaciones en forma de lunares.
Durante 2012 comíamos juntos, tomábamos café expreso en el Sorbeto y, mientras ella fumaba, yo la observaba atento, sobre todo cuando me lanzaba preguntas. Platicamos mucho: memorias familiares, amigos en común, viajes o ropa interior (siempre usa brasieres Calvin Klein). También fueron varios los desvelos al teléfono, durante las horas de trabajo o cuando las relaciones cotidianas imperan. Nos escribíamos por WhatsApp.
Le gusta arriesgarse. Es caprichosa. Cuando era niña, se quedó todo un día sentada en el comedor, bajo la sentencia materna de no levantarse hasta terminar el guisado del día. Y ni un pie movió. Comparte sus anécdotas con franqueza. Mi corazón palpita. Enrojezco.
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