Para P.
Andaba de parranda para curarme la dura resaca emocional que llegó en mayo. Nunca pensé que abril duraría un segundo; que los periodos de prueba de treinta días sí existen y que, inevitablemente, después de conocer el fruto se dispersan las semillas. Perdí intentando nuestra germinación. Bueno, al menos sus WhatsApp me autorizaban a tomar todo el vino a mi alcance, leer y cansarme de escuchar al español Joaquín Sabina, a quien por fin le encontré hermano.
Con una desilusión así en el cajón —“viviendo en la posada del fracaso donde no existe consuelo ni ascensor”—, esperando algún otro mensaje, chaqueta de pana al hombro, jeans y tenis Converse, viajé. Como pude, puse una pausa en esta aldea digital y prometí al destino un mes de ausencia. La infectada CDMX, los amigos, Madame Bovary, esos viejos árboles en Chapultepec, algunos carajillos y un poco de Fernando Delgadillo —“ten miedo de mayo, y ten miedo de mí”— exorcizaron el hechizo, no sin dejar guardada una mueca de futuro (luego les cuento).
Junio pasó, entonces, como una especie de sube y baja: un fuerte resfriado hasta los huesos, unos pocos kilómetros acumulados en la oxidada bicicleta roja, la búsqueda de los secretos del amor en la autobiografía de don Pablo Neruda, un aislamiento cibernético frente a cualquier publicación.
Hoy regreso al ruedo, sin costra aún, sensible, abonando al azar… Vaya buen resultado de semejante manda. Debería cerrar la computadora y seguir despejado de las fotos fitness, los sets de festejos llenos de globoflexia, la dizque comida gourmet en cenas y esas selfies tan lejanas de la realidad. Sin embargo, ser una isla aburre…
¡Tierra a la vista! Julio, sorpréndeme.
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