Hablo contigo, A.
Este año llegó el otoño con vientos del norte; me acostumbro a no tenerte cerca. Una noche más transcurre desde la inexplicable despedida. De golpe veo cómo tú, mi árbol de vida, vas quedando desnuda, vulnerable, con las hojas esparcidas por el suelo; quisiera preguntarte si sabes a dónde irá todo lo que estás desprendiendo.
¿Acaso ya no soy hoja en la cálida rama de tus manos? Necesito el abrazo de tu tronco, de esas raíces tuyas con tanto soporte y comprensión para mis arranques; date cuenta de que no estoy seco para ser hoja suelta. No me conviertas en hoja libre que renuncia a ti; sígueme dando rumbo en el laberinto caótico de tu corteza. Soy tu primavera en cualquier estación del año; llevo en mis entrañas el amor que todo lo engendra y te soy necesario.
Olvida los temporales y recuerda los vendavales que resistimos; reconciliémonos… Estoy cansado de hablar de frutos marchitos, hojas amarillas y sequías en los besos. No dejes florecer retoños ajenos, porque mis hojas abrazan tu ser. Nadie, en esa tierra hostil donde te has plantado, podrá recubrirte mejor con hojas de caricias; difícilmente habrá frondosidad mayor que la mía para evitar que talen tus sueños, ni refugio más hondo para tus frutos que mi sombra.
Cúbrete: puedes descansar aquí, conmigo.
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