Le tomé una foto, a escondidas, a Almariana la última vez que recorrí el MUNAL. Ella subía las escaleras de mármol, marcando cada paso con el golpe seco de unos zapatos verde olivo. Posaba de mil formas para su novio, que se encontraba en la planta baja haciendo ridículas peripecias, a falta de un buen ojo artista.
Yo salía de la sala donde exponían los volcanes del Dr. Atl. Mi interrupción pasó desapercibida. Afuera llovía. Tal vez algún organillero tocaba, guarecido en el lobby.
Yo salía de la sala donde exponían los volcanes del Dr. Atl. Mi interrupción pasó desapercibida. Afuera llovía. Tal vez algún organillero tocaba, guarecido en el lobby.
—¡Ya basta, Almariana! —gritó el fulano.
Ella siguió inmutable, mirando a la cámara; su expresión era de absoluta confianza. Coqueta, pensé. Tomé mi celular: enfoque discreto y listo.
Unas horas después, en el Café Trevi, me dijo: «Hay ocasiones en que ni yo misma me reconozco».

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